Desde los siglos y las leyendas: un viaje a los orígenes de Orval
Nada más empezarse a dividir la historia europea, en el siglo XI, un grupo de monjes peregrinos provenientes del sur de Italia encontró refugio en un rincón que sería destinado a algo más grande que ellos. Esa tierra, en el sudeste de Bélgica, sería testigo de la fundación de la que hoy conocemos como la Abadía de Orval. Con la protección del conde Arnould de Chiny, los frailes comenzaron su misión, construyendo un humilde templo y monasterio, cimiento de una historia que atravesaría guerras, destrucciones y renovaciones.
De canónigos a monjes trapenses: la metamorfosis de una comunidad espiritual
Décadas después, la comunidad enfrentó obstáculos económicos y sociales que pusieron a prueba su supervivencia. La respuesta llegó con la colaboración de uno de los personajes más influyentes del monacato: San Bernardo de Claraval. En 1132, un grupo de monjes de la orden del Císter, enviados desde la abadía de Tres Fontaine, llegaron para fusionar sus vidas en una nueva fraternidad en Orval, dando inicio a una etapa de renacimiento espiritual y arquitectónico.
Pulso y resurgimiento: la historia de la destrucción y el renacer de la abadía
La primavera de la Revolución Francesa trajo consigo la tormenta perfecta para muchas instituciones antiguas, y Orval no fue la excepción. En 1789, el fuego de la revolución devoró siglos de historia, dejando sus muros en ruinas tras el saqueo de las tropas francesas. La comunidad monástica fue expulsada, y el monasterio quedó en silencio por más de un siglo. Pero como en toda buena historia de redención, el espíritu de Orval no se extinguió. En la década de los años 20, la familia Harenne compró las ruinas y, con la dirección de un monje de Francia, comenzaron a reconstruir piedra a piedra lo que una vez fue un símbolo de fe y resistencia.
Un legado de leyendas y cordura cervecera: la mítica historia del anillo de Matilde
Hay historias que parecen sacadas de un cuento épico, y la leyenda de la condesa Matilde no es la excepción. Cuenta la leyenda que, en 1076, esta noble dama paseaba por un valle, cuando su valioso anillo de oro, recuerdo de su difunto esposo, cayó en una fuente de aguas cristalinas. La condesa, en un acto de fe y desesperación, rezó fervientemente y, milagrosamente, una trucha apareció con el anillo en la boca, devolviéndole la esperanza y un significado eterno para ese rincón. Desde entonces, ese valle sería conocido como Val d’Or, el Valle de Oro, y poco después, se fundó un monasterio en honor a la magia y al agradecimiento.
El nacimiento de la cerveza Orval: tradición, innovación y un toque de magia
La relación entre la historia del monasterio y la cerveza es más estrecha de lo que muchos imaginan. La producción cervecera data de los tiempos en que se fundó el propio monasterio, siendo uno de sus fundadores el hermano Pierre. La cervecería moderna fue levantada en 1931 con un objetivo claro: ayudar a sostener financieramente las obras de reconstrucción. Su diseño fue obra del arquitecto Henry Vaes, responsable de crear el símbolo que aún hoy marca la identidad de Orval: la trucha con el anillo en la boca junto a un cáliz distintivo.
De aprendiz a maestro: las manos que perfeccionaron la cerveza Orval
El primer maestro cervecero que tomó las riendas fue un alemán, Hans Pappenheimer, quien comenzó a producir en 1932. Desde esos primeros barriles, la receta, el símbolo y la tradición han permanecido intactos, haciendo de Orval una de las pocas cervezas trapenses que vende su producto al público en Bélgica. La calidad no tardó en ganar reconocimiento, y pronto otros monasterios, como Chimay, compartieron estrategias y secretos. En la década de 1950, monjes como Dominique y Rafael viajaron para aprender técnicas avanzadas y aislar las levaduras salvajes que serían la clave para el carácter único de su cerveza.
El proceso artesanal que enriquece a Orval: un ritual de nueve semanas
Para los que disfrutan de una buena historia, la elaboración de Orval es toda una ceremonia que ha resistido al tiempo. Desde su cocción inicial, el proceso se extiende por casi dos meses y medio: se fermenta con levadura inglesa durante cinco días, luego se somete a un dry hopping con lúpulos Tomahawk, Hallertauer y Styrian Golding durante tres semanas. Finaliza con una fermentación secundaria con levaduras Brettanomyces, añadidas antes del embotellado, que requiere otros cinco semanas en reposo a 15°C. Algunos aficionados recomiendan esperar hasta seis meses más para que el carácter salvaje de las levaduras revelen toda su complejidad, logrando esa fase que llaman ‘Orval Viejo’.
Lo que hace especial a Orval no solo es la mezcla precisa de ingredientes, sino también su espíritu de perseverancia y respeto por las tradiciones. Cada botella, cada etiqueta, y cada cáliz reflejan un legado que sigue vivo en cada sorbo.